El 24 de abril, un buen número de narradores y poetas acudieron a diversos colegios de Lima para dialogar con estudiantes, profesores y padres de familia sobre la importancia y el placer de leer. Patrocinada por la Biblioteca Nacional, auspiciada por el Banco Continental y promovida por Javier Arévalo, esta fiesta literaria acuñó el título 'Escritores en el patio', para transmitir la idea de que la lectura es una actividad lúdica y placentera, como aquellas que se realizan en el patio en oposición a la formalidad y obligatoriedad que define al trabajo del salón de clase.
Parece ser que esta fiesta demostró que los patios de los colegios pueden servir también para reunir a padres y alumnos -lectores potenciales- con escritores en busca de lectores: también fue el antecedente del 'Plan Lector Nacional' creado por el Ministerio de Educación y cuya normativa fue publicada, en El Peruano, el 10 de julio.
Es extraordinario que el ministerio manifieste su preocupación por "superar la condición de analfabetos funcionales que sufre ocho de cada diez escolares" y proponga mecanismos que incentiven la lectura entre los niños y jóvenes; pero debo confesar que, luego de leer las 'Normas para la organización y aplicación del Plan Lector en las Instituciones Educativas de Educación Básica Regular', fui presa del estupor.
Antes que una invitación amable y motivadora a la lectura, su lenguaje recuerda los partes o informes burocráticos. Leamos: "Corresponde a cada Institución Educativa definir los títulos del Plan Lector en función de las intenciones educativas, los intereses y necesidades de aprendizaje de los estudiantes sobre la base del diagnóstico institucional. Los títulos seleccionados del Plan Lector guardan correspondencia con los contenidos de todas las áreas curriculares organizadas en los Planes de Estudio de la Institución Educativa, y deben estar relacionados con los temas transversales y los valores contenidos en el Proyecto Curricular de cada Institución Educativa". Estas 'directivas' están a años luz del auténtico afán por fomentar el placer de leer.
Pero no solo es el lenguaje. La segmentación del reglamento en: 1. Finalidad; 2. Objetivos; 3. Alcance; 4. Base legal, etcétera, así como su autoritarismo, no se condicen con el mensaje inicial de los escritores en el patio: la lectura como una actividad placentera y libre, exenta de notas, de evaluaciones, de premios y de castigos.
Es posible que el ministerio no pueda evitar este lenguaje ¿oficial?, aunque su tema sea la lectura, una actividad lúdica y libre por naturaleza. Aún estamos a tiempo de corregirlo: el Plan Lector no debe ser impuesto a profesores y a alumnos como una actividad obligatoria. Tal como van las cosas en las escuelas, mientras más lejos estén los libros de las aulas, más cerca estarán de niños y de jóvenes.
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