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Sociedad | Jue. 26 ABR '07

Watanabe, eterno guardián de la poesía, descansa en paz

Las letras peruanas están de luto. El

poeta nacional José Watanabe

sufría de cáncer y dejó anoche

este mundo. Perteneció a la denominada Generación del 70.

"Y de repente éramos dos hormigas

en la vereda casual, él y yo",

(José Watanabe)

Todavía no puedo creerlo. Mamá entró desconcertada a mi habitación y me dijo que El Chema había dejado la cabina de RPP en plena transmisión. Corriendo fui a su cuarto y me di cuenta de lo sucedido. Estaba enterado de algo, de una verdad terrible que se negaba a creer pero, debido a su profesión periodística, estaba obligado a decir: José Watanabe había muerto.

"Wata" falleció en el Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas a las 11.30 de la noche. El también guionista, hombre vinculado a la televisión y recientemente dramaturgo sufría de cáncer al esófago.

El poeta nació en 1946 en Laredo, Trujillo. De madre peruana y padre de origen japonés, fue de este último quien aprendió el haiku, esa singular pieza poética proveniente del país del Sol Naciente.

Una hora después, todavía me niego a creerlo. Pongo el CD de La Piedra Alada, penúltimo poemario de Watanabe y trato de aferrarme a su voz, a esa imperfecta y tierna manera que tenía de de leer.

Pero a pesar de que esta certeza es abominable y la respiración y el dolor son inmensos, logro recordar que, como decía Carmen Martín Gaite: "lo raro es vivir". Y a eso vamos, a recordar la vida de uno de los grandes.

José Watanabe era para muchos, el mayor poeta peruano vivo después de la partida de Jorge Eduardo Eielson. Creo que junto con Blanca Varela, Marco Martos y Pablo Guevara -quien falleció hace poco-, era uno de nuestros mayores poetas en vida.

Pero, más allá de eso, lo que conmovía en este gran artista de ascendencia japonesa, era su sencillez. Siempre recordaba su pueblo Laredo con cariño y reconocimiento, con sonrisas y reflexión, totalmente.

Como se sabe, Watanabe tuvo una infancia bastante pobre, marcada en parte por el recuerdo de sus padres trabajando en una hacienda azucarera. Su familia ganó la lotería y de esta forma, logró aplacar su pobreza y ascender a la clase media. Luego, los Watanabe se mudaron a Trujillo y el poeta emigró a capital para estudiar. Quizá por eso nunca olvidó Laredo, presente en su obra.

Quien escribe conoció a José Watanabe hace unos años, trabajando en una librería miraflorina. Cuando a poco tiempo que se retire de la tienda, le pedí su rúbrica en dos de sus poemarios: El guardián del hielo y La piedra Alada. Pero la naturalidad del poeta me conmovió, su extrema sencillez, su deliciosa amabilidad. Pero no solo eso, el maestro se conmovió que un iluso mortal separara algo de su jornal para comprar su obra.

Recuerdo como el maestro, miembro de la Generación del 70, hablaba de sus hijas con igual ternura, reflexión y comprensión. Las quería mucho y por lo mismo, las trataba de entender, y a pesar de no hacerlo a veces, les daba la libertad para equivocarse.

Era maravilloso. "Y si roja nuestra alegría será íntima y tácita como la alegría de la iguana que no tiene voz para celebrar", lo será por siempre.

Ahora solo queda esperar, para despertar de esta mala broma, porque sé que como yo, muchos esperan que la "ardillla" cumpla con volver, o que "el gato" nos saque la lengua por nuestra ventana. Y es que sí, maestro Watanabe, todavía sigo esperando en mi sueño una piedad.

Los correos que intercambié con Watanabe

Aquí la obra del poeta nacional

Tres poemas de Watanabe




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