| Sáb. 14 jul '07

Leer a los maestros

Primero, los maestros, al Estado, no le creen. Se les ha engañado tantas veces con ascensos, concursos y nombramientos que nunca se dieron, con bonificaciones que figuran en las leyes que nunca se pagaron, que ya solo creen en la realidad de su boleta de pago. De otro lado, denuncian la corrupción de las UGEL, en donde los contratos se venden al mejor postor. ¿Es ahí donde me van a evaluar?, me dicen algunos. Desconfían, además, porque a miles de ellos no se les ha entregado sus notas de la última evaluación. Dicen muchos ¿cómo pueden saber quiénes fueron los primeros puestos si yo hasta hoy no recibo mi nota pese a reclamarla?

Segundo, al Apra tampoco le creen. Muchos me recuerdan que el gobierno aprista del 85-90 permitió la entrada de unos 30,000 carnetizados apristas sin título al magisterio. Las consecuencias de esa desastrosa decisión se están pagando veinte años después en la calidad de la enseñanza, pero también en lo que los maestros esperan de este gobierno. ¿Quién me garantiza que en evaluación no voy a necesitar carné?, me escriben.

Tercero, no respetan la capacitación, ni tampoco la programación de las capacitaciones. Reclaman una mayor especialización de sus capacitadores que están, según reclaman, "más perdidos que nosotros". Se dan casos de profesores de ciencias sociales que son obligados a llevar capacitaciones del área lógico-matemática y a la inversa. Demandan una capacitación de calidad.

Cuarto, a la dirigencia del Sutep no le creen, pero le creen más que al Estado. La gran mayoría no participa en actos violentos, pero falta a trabajar para no tener problemas. Quieren ser evaluados, quieren trabajar, pero quieren un trato libre de corrupción y clientelismo. Quieren, en resumen, un trato profesional.

Cuando la desconfianza es tan grande, las exigencias del desconfiado suelen ser muy altas y el éxito del radical que se opone a un cambio positivo, muy sencillo. Que lea el ministro a sus maestros. Le haría bien informarle al presidente que no son sinvergüenzas ni comechados pero, eso sí, como millones de peruanos, son unos tremendos desconfiados. Y no les falta razón.




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