El carácter híbrido del libro es un testimonio de la naturaleza fragmentaria, dividida, incompleta de la vida. Todas sus historias, escritas con un estilo natural y fluido, parecen haber empezado hace tiempo pero no hay nada en ellas que sugiera que van a terminar pronto. Las historias (El chofer, Mujeres apasionadas, Pentimento) no tienen un principio ni un final y ocurren en un presente intenso y melancólico. Sus escenarios cotidianos (el puente Villena, en Miraflores; el óvalo de Higuereta, en Surco) parecen vistos a través de un lente que los desrealiza y los vuelve extraños. La soledad de su mirada le permite abarcar sus muchos espacios. Esta perspectiva de la soledad ("que de pronto te da un beso en la cara"), es una marca común al libro y le da su contexto al título. Ninguna imagen más solitaria que la de una mujer sin familia ante una copa.
De todos los pasajes del volumen, me quedo con Exilios, Anatemas y Una ventana en la noche. El primero de los nombrados, especialmente, me parece una pieza logradísima en su tono confesional.
El principal logro de este libro es el de lograr que los materiales cotidianos (el diario de trabajo, los recuerdos de la vida en París, las reflexiones de una mujer que trabaja en la ciudad en tiempos de la guerra) se conviertan en los elementos de una visión estética. Para ello, no ha ocurrido ningún hecho excepcional ni memorable.
Con solo resaltar su naturaleza cotidiana, Carmen Ollé ha hecho de estos escenarios y personajes -y del lenguaje que los informa- los elementos de un libro estupendo. Eso sí, nadie debe aproximarse a él buscando una trama central o un personaje heroico. Sus protagonistas son como sus lectores, y le estamos agradecidos.