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ggiacosa@peru21.com |
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| "Excitación diabólica de los genitales" |
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Este título es una cita del libro de Lorenzo Osores La sonrisa de las musarañas (Peisa). Comienza con una 'lección de historia' que dice así: "Todas las tardes desembarcaba de la Nave de Caronte para dirigirse a la Casa de Putifar: Los Montes de Venus eran su Talón de Aquiles. Entregado a los Placeres de Eros, caía después en Los Brazos de Morfeo. Hasta que una Noche de San Bartolomé, mientras dormía plácidamente en el Lecho de Procusto, su celosa mujer agarró La Espada de Damocles y le cortó los Testículos de Jehová".
Hacía tiempo no disfrutaba tanto leyendo un texto como he disfrutado con el de Osores. Tiene todo: buena prosa, ingenio, citas atinadas y sorprendentes, libertad de espíritu, ironía, desprejuicio, sensibilidad, rebeldía; en suma, un efectivo antidepresivo para quienes son conscientes de la chatura cada vez más asfixiante del mundo que nos rodea.
Ante tanta estupidez amasada por prejuicios, fanatismo e intereses materiales que los refuerzan, el libro de Osores puede ser un estímulo para las neuronas a las que la prensa y el consumo material adormecen.
Citaré un relato para que comprueben cuán cortas quedan mis palabras. Se llama Santa Lujuria. "Marín Alfonso de Toledo, más conocido como Arcipreste de Talavera, advierte que el amor por una mujer conduce inevitablemente a la lujuria. Pecado nefasto que lleva a la consumación de los otros seis pescados capitales, a transgredir los diez mandamientos y a perder los cinco sentidos naturales. Esta implacable lógica no es exclusiva del citado arcipreste. Es tradición secular de la Iglesia de Cristo. Su fundador, San Pablo, en la Epístola a los Colosenses, invita a combatir 'la fornicación, la impureza, las pasiones desordenadas y los malos deseos'. Superado su pasado libertino pero envuelto aún por 'la doble llama del amor y el erotismo', San Agustín se refiere al placer sexual como 'excitación diabólica de los genitales'. Obligados a una castidad radical, los representantes de la Iglesia pugnan por hacerla extensiva a todos los seres humanos. En su delirio por difundirla, el prior Joseph Lambert propone un omnipresente Dios vouyerista. A los campesinos les dice que los actos lujuriosos aunque los hagan a escondidas, 'son abominables a los ojos de Dios, que los ve todos'. En el siglo XVII, San Luis Grignon de Momfort, misionero católico, llega al extremo de censurar las canciones de amor, los cuentos y los romances 'porque se extienden como la peste y corrompen a la gente'. Curiosamente, es un siglo conocido por la disipación de las costumbres, por el desenfreno erótico, por el libertinaje que envuelve a las muy católicas cortes de España y Francia. Sus diferencias de estilo las explica Marañón: 'En España, el pecado se hacía con misterio, en Francia, con publicidad'. Sin embargo, tanto en España como en Francia, la vida licenciosa solo se permitía a las clases altas y cualquier exceso erótico de la gente humilde era severamente castigado".
Continúa, pero en el libro de Osores, no en esta columna.
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