De regreso a Lima, voy a la Feria del Libro, que ha tenido un público apreciable. Al día siguiente, en Radio Programas del Perú, oigo unas declaraciones del señor Ernesto Yepes, secretario ejecutivo de Promolibro. Yepes afirma (cito de memoria, pero no creo equivocarme) que "hay que sacar a los editores del Jockey Plaza" y "llevarlos a las zonas pobres". Luego, agrega que "los editores no van a querer ir a esas zonas porque saben que allí no van a vender".
Las declaraciones del señor Yepes tienen un espíritu loable (buscar llevar más libros a las zonas más deprimidas), pero me parecen equivocadas. La filantropía puede ser parte de una empresa privada pero no es su fin. Que los libros vayan a las zonas deprimidas no es responsabilidad de los editores privados sino del Estado. Llevar educación (como llevar salud y vivienda) a los sectores populares es parte del esfuerzo de distribución de la riqueza que un Estado debe liderar. En México y en Colombia, el Estado compra libros a las editoriales y abastece con ellos sus bibliotecas. Aquí, no.
Yepes tiene razón en que las ferias de libros por sí mismas no van a solucionar el problema de la falta de lectura. Las campañas de promoción, las mejoras en la educación inicial y primaria, y las redes de bibliotecas son esenciales en este proceso. Pero el Estado ha hecho poquísimo en este campo. La campaña de lectura de los parques, por ejemplo, también es efímera e insuficiente. Se me dirá que es mejor que haya programas de lectura en los parques a que no los haya en absoluto. Muy bien.
Pero mientras sigamos con esfuerzos temporales, estaremos a la cola de la América Latina frente a los países que construyen bibliotecas. Un tema en el que hemos fallado, y no por culpa de los editores precisamente.