| Dom. 12 ago '07

Últimas noticias del Olimpo

Entrar al chifa Wa Lok a celebrar haber vendido -de pie, pujantemente, cual impulsadora de Ebel- 250 ejemplares en dos días de feria y encontrarme cara a cara con el tercer mejor escritor de menos de 39 que representará al Perú en un evento titulado precisamente 39 escritores menores de 39 que tendrá lugar el 39 de este mes en Colombia: Iván Thays. Oh, my god! Its Iván Thays! I cant believe it!

Apostarle a mis editores una fuente entera de siu-kau, siu-mai y ja-kau fritos a que me atrevo a acercarme a la mesa de Iván Thays y que interrumpo la conversación y que le regalo mi libro y le doy la mano: a que no te atreves, a que sí me atrevo. Go, sister, go.

Acercarme a la mesa de Iván Thays y ver la inconfundible cara de Iván Thays que pone Iván Thays mientras tumba nerviosamente su silla (con el peso de su abrigo) al ponerse de pie como un resorte enloquecido. Darnos la mano haciendo de cuenta que nada pasó con la certeza de que ambos acabamos de ganar un invitado más para nuestros programitas respectivos.

Recibir, a continuación, el tonificante abrazo del cuerito maduro, escritor cochabambino Edmundo Paz Soldán que me explica sonriente que la última entrevista que le hicimos en este su diario amigo suscitó no sé qué incidente diplomático a raíz del interesado uso que en El Mercurio de Santiago le dieron a sus polémicas declaraciones en el sentido de que la guerra del Pacífico, patatín y la salida al océano, patatán. Lo único que sé es que es todo un cuerito maduro este escritor cochabambino que me dio un tonificante abrazo y a ustedes no.

Tomar plena conciencia de que, este año, la gran estrella indiscutida de la última Feria del Libro de Lima no fue Fernando Vallejo que jamás llegó, por la puta madre. Tampoco Alonso Cueto que casi gana el Planeta, ni Daniel Alarcón.

Tomar plena conciencia de que la gran estrella indiscutida de la última Feria del Libro de Lima fue el atlético modelo israelita Arnie Hussid, carismático autor de la novela Dinero Fácil.

El único escritor con stand propio. El único que se sopló, bien paradito y con la mejor de sus sonrisas, la feria entera. El primero en llegar, el último en irse.

El último también en desmontar su quiosco que continuó, impertérrito, en pie -al igual que el de la ya no tan joven editorial Estruendo Mundo o Ernesto Muro- cuando ya todo el resto de la feria se había mandado mudar (a chupar) con rumbo desconocido.

¿Resistencia? No, insolvencia. Hasta que no cancelas el íntegro de las cuatro lucazas que te cuesta el alquiler nadie sale de allí ni se va a ninguna parte.

Descubrir, con alivio, que el libro más vendido y el que generó las colas más largas de eufóricos fans disfrazados de sus personajes favoritos fue.¿Harry Potter en inglés?, ¿Los dibujitos de Liniers?, ¿Ampay, Perú?, No, causitas. La Gran Sangre.

Responder "el mío" cuando, en un arranque de desprendimiento que la enaltece, la mandamás de mi ex editorial me pregunta que qué libro del stand quisiera que me obsequien. Lo he pedido por purísima maldad, por ánimus jodiendi, porque sé positivamente que ya ni en la mesa de saldos lo tienen.

Partirme de la risa cada vez que mi buen amigo Fico exclama: «¡Qué pesada!» al escuchar que el muy desatado poeta chileno Héctor Hernández presentó su última producción dramáticamente vestido de novia y tras danzar al frenético ritmo de una canción de Gloria Trevi se cortó las muñecas con el filo de una copa rota. ¿Estamos o no estamos aquí todos de acuerdo con mi buen amigo Fico? Pero, por supuesto. Gritémoslo, entonces, al unísono: ¡Qué pesada!

Vender, en Trujillo, casi la sexta parte de los libros que vendió allí mi excomulgado pata Toño Angulo. Lo cual ya es bastante decir. Medio centenar, digamos, que siempre es mucho mejor que vender cincuenta.

Presentar al lado de la sección productos de limpieza del supermercado Merpisa (hoy propiedad de E. Wong) y libar hasta altas horas de la noche en Angelmira, el trendy bar de Gerard Depardieu Chávez, siempre rodeados de grandes tintos, mistela de guindones y petipanes con pavo de Guadalupe.

No terminar de entender del todo la importancia de este detalle que, sin embargo, parece cosa vital de mencionar pues cada vez que alguien exclama: "¡qué rico!", desde algún extremo del salón siempre hay otro que, velozmente, retruca: "¡Es que es pavo de Guadalupe!".

It tastes like turkey from fuckin New Jersey to me!

Disfrutar, en las siempre hospitalarias páginas de The Industry, mi reglamentaria tapa y contratapa de honor. Como quien dice, contrarrestando la proverbial mezquindad limeña. Volver a vivir como todo un king en cama queen, que no viceversa. Y vivir, por supuesto, de la literatura: Tres días de solcito rico, amor y cachangas en Huanchaco, the beautiful. Tres dulces días de dolce far niente al mejor estilo provinciano pituco pantorrilludo.

Constatar, con indisimulable decepción, que nadie ha salido a denunciarme por plagiar a Don Alfredo Bryce, pues el enjundioso comentario que aparece en mi contratapa («El mismo viejo talento para una vida nueva y buena.») no tiene absolutamente nada qué ver con mi libro ni conmigo. Se trata, en realidad, del extracto de un diálogo pirateado con roche y sin contemplaciones de la página 19 de la novela Tantas veces Pedro, Ediciones Cátedra. Barcelona, 1981. Eso está mal. No hay derecho. Eso no se hace. A la poesía se la respeta. Denúncienme, basuras.

Ser filmado -la notte del viernes- por un algún imbécil con celular-camarita mientras me comportaba, no muy literariamente que digamos, en la prestigiosa discoteca liberteña Punto G. Decepcionarme de que nadie propale hasta el día de hoy las inspiradoras imágenes de tan romántico video.

Censar, de memoria y a punta de ojo sacador, a mi surtidito público lector: mayoritariamente matronas venerables, apapachantes damas base seis o base siete con sus hijos o sus nietos, casi siempre jovenzuelos levemente nerds o sexualmente confundidos, metaleros Ataucusis, monos espaciales, poetastros precoces, tracas cultas y pensantes como Fiorella Cava, (esa legendaria Optimus Prime) y su asombrosa pandilla de transformers, bellecitas interbarrios, talentos ocultos y por descubrir, terruquitos soft y algo tardíos, bloggers resabiosos, pirañas arrepentidos, rucas asesinas, escolares andróginas con polito negro del Extraño Mundo de Jack, tiernos de mierda, en suma, freaks de todos los tamaños y colores. Yo les amo.

Recibir, conmovido hasta las cangallas, las inmerecidas ofrendas de incienso y mirra que me traen mis huestes lectoras: una pantera rosa de peluche, Coplas a la muerte de su padre de Manrique en versión libro más pequeño del mundo o el perfume Christian Dior que compró "para mi mami" la voluptuosa escritora y grafómana Gaviota. A ver, díganme.

Aceptar el desafío de una chica guapa que, habiendo leído algo que escribí alguna vez acerca de mi encuentro con el pintor José Tola, garabatea un tablero de michi en la primera página de mi libro y me reta a una partida relámpago que, por supuesto, pierdo feliz y en dos papazos.

Divertirme -en las dedicatorias- citando poemas de Rose, Moro, Eielson y Hernández ad infinitum, obligándome a nunca repetir y, de taquito, quedando como un rey: Menos belleza y más sabiduría, Pía. Amo la rabia de perderte, Claudia. Todo el mundo huye de mi corazón, Joel. Olvídate del mapa pero no te olvides del tesoro, Isabella.

Presentar de modo más o menos presentable al laureado escritor argentino Federico Andahazi, autor de la celebérrima novela El Anatomista, a quien jamás he leído ni leeré porque eso de las novelas historiconas a mí me resulta siempre una hemorroidal aburridera.

Ir de la mano del indómito David, mi amigo recolector de pumas tuertos y guanays atropellados, a lo de la celebérrima sopa teóloga mochera que, como su nombre no lo indica, es todo menos sopa. Miga y pepián. Pato y cabrito, valga la redundancia. Y escuchar al extraviado comensal que se me acercó a susurrarme al oído que él era alanista y que si era cierto que yo también era.

- ¿Alanista?-pregunté.

- No, alanista, no: analista.

- Not tonight, honey.

Sufrir un derrame interno de bilis volcánica e incandescente al abrir ayer la central de Luces de El Comercio y preguntarme hasta cuándo, señor, hasta cuándo voy a tener que seguir pagando la osadía de haberle arrebatado siempre el primer puesto en todos los juegos florales de cuento y poesía 1985, 1986, 1987... de la Universidad de Lima y condenando a la humillación eterna de la mención honrosa al hoy editor de Luces Alberto Servat que ha consagrado su carrera a patinar disciplinada y sistemáticamente en todo aquello que me perjudica. Pero, ¿qué obsesiones fatales son esas? No me han cancelado el programa, estúpida. Qué harta me tienes.

Sorprenderme gratamente al escuchar a una lectora decir que, gracias a las pastruladas que escribo, la gente ha comenzado a entender, poco a poco, que las personas como nosotros también son como todos y se divierten y la pasan bien.

- ¿Las personas como nosotros? - le pregunto- ¿quiere decir que eres... lesbiana?

- Lesbiana no, pero sí gorda.




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