| Lun. 13 ago '07

La violenta sensualidad de Kimba Fá

Apenas se apagaron las luces y la función empezó, mi expectativa aumentó. Un grupo de cinco bailarines encendiendo sus fósforos en la oscuridad, los golpes metódicos y extraños de la percusión, los rostros apenas iluminados en un fondo negro, nos recordaban el sabor misterioso, sensual de la música afroperuana. Pero lo que hacen estos músicos que a la vez son bailarines que a la vez son mimos y actores, es mucho más que música: un proceso en el que hay zapateo, baile, canto, escenografía.

Sus principales escenarios son la calle, la cancha y el bar, los escenarios del achorado. En escenas de humor y sensualidad como la del microbús, la del partido de fútbol o la del taxi (verdadera proeza de humor y maestría cinética), aparecen todos los personajes urbanos. El chofer, el cobrador, el mendigo que pide en los micros, y otros, componen una galería variopinta, que mezcla el retrato hiperrealista, con la distancia ritual de la música y de la danza.

Hay una poética de los achorados y de los menesterosos, en esta visión. Los achorados y los menesterosos no se enfrentan sino que se encuentran en el espacio común de la danza ritual, el baile de la supervivencia a la intemperie. Nota aparte merece el número del son de los diablos tocado con tubos, uno de los momentos más extraordinarios del espectáculo.

De pronto me pareció que el Canout, con su oscuro aspecto de cine de barrio, era el teatro más adecuado para todo ello. Me parece que esta segunda parte de Kimba Fá es tan buena o mejor que la primera lo que ya es muchísimo decir. Podría darse en cualquier gran ciudad del mundo. Luis Sandoval es uno de los grandes investigadores de la cultura popular y sé que este es el resultado de un largo trabajo de investigación. No creo que nadie se arrepienta de ir a verlos.




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