"No se puede hacer propaganda política con los damnificados", ha dicho el presidente Alan García. Tiene razón. No la tiene, en cambio, la actitud que exhibe en estos días, la cual parece orientada a convertir la emergencia en un one man show que está adquiriendo características de aprovechamiento político, algo que se debe evitar.
El mensaje que dio en la noche del terremoto, hace una semana, fue -a pesar del error lamentable de subestimar la tragedia- oportuno en el contexto de un país que esperaba tranquilidad.
También fue acertado su pronto desplazamiento y permanencia en Pisco al frente del comando de operaciones. Convivir en medio del desastre, más allá del efecto que esto pudo tener para agilizar las tareas, constituyó una expresión de compromiso con el drama de la población.
No obstante, con el correr de los días, quizá por la tensión de la zona -que sigue temblando- y la frustración de no poder acelerar la ayuda por la inoperancia del Estado peruano, el presidente ha asumido una actitud intolerante con cualquiera que haga notar algún problema en el manejo de la emergencia, como creyendo que le pueden malograr el show.
Así lo ha hecho con los cooperantes españoles que se vieron en un tiroteo; con los médicos del mismo país que no podían trasladar sus equipos a Pisco; con las ONG a las que agredió gratuitamente, cuando varias de ellas operan en la zona; con los periodistas -nacionales y extranjeros- que trasladan las quejas de la población afectada; con los propios damnificados; con las empresas y gremios que están cooperando, varios en silencio, que es la mejor manera de hacerlo; con algunos ministros que lo acompañan; con los partidos políticos y hasta con el Apra, cuyo comando estuvo el sábado en el estadio nacional entregando ayuda.
O el presidente está muy desinformado de lo que ocurre, lo cual sería grave; o anda muy nervioso; o -peor aún- quiere hacer creer que toda la solidaridad se debe a su presión personal y, al mismo tiempo, soslayar las deficiencias en la ayuda, lo cual sería un aprovechamiento político inaceptable.