| Dom. 26 ago '07

Varios errores

No se puede dudar de que el presidente Alan García se ha conmovido profundamente con la tragedia del 15 de agosto y tiene las mejores intenciones para tratar de ayudar a las víctimas. Pero también es indudable que como hombre político que es, ha intentado levantar su alicaída y decreciente popularidad. Todo indica que ha fracasado en ese esfuerzo.

SOBREEXPOSICIÓN.

Siendo García un político hábil, es difícil entender cómo ha cometido tantos errores que lo perjudican directamente a él. Sin entrar a los dolorosos y complejos problemas que ha acarreado el terremoto, comentados ampliamente en los últimos diez días, el punto de los yerros políticos presidenciales no deja de sorprender.

El primero y más importante, el de la sobreexposición. Esto se le ha criticado antes y sus propios allegados se lo han señalado muchas veces. Pero se niega a admitirlo. Y ha vuelto a cometer el mismo error, potenciado por las circunstancias.

Estuvo bien que visitara la zona de desastre al día siguiente, pero quedarse ahí varios días y ocupar todo el espacio hablando todo el tiempo sobre todas las cosas, no ha sido una buena idea. Y no solo porque entre sus virtudes no se cuenta la de ser un organizador competente -que era lo que se necesitaba allí-, sino que inevitablemente ha atraído sobre sí el esperable descontento de la población, no solo de los damnificados, sino de los muchos que en todo el país escuchaban cada minuto las numerosas quejas que transmitían los medios.

Era inevitable que eso sucediera. Un Estado pobre e ineficiente como el que tenemos, no iba a transformarse por arte de magia. Al contrario, es en los momentos de crisis donde aparecen más claramente los defectos.

El presidente García no tenía por qué convertirse en el pararrayos de la previsible irritación popular. Pero lo hizo, por propia decisión.

NO HAY AUTOCRÍTICA.

El segundo error ha sido la arrogancia, la incapacidad para reconocer deficiencias y el tratar de echarles las culpas a otros. En un trance tan dramático como el que ha vivido el Perú, era inevitable recibir reproches a la acción del Gobierno. Pero el presidente, en lugar de tomarlas con humildad, respondió muchas veces de mala manera.

El resultado ha sido adverso, como se refleja, por ejemplo, en la prensa internacional, que ha destacado y criticado sus exabruptos.

García ha atacado a todo el mundo, desde la Confiep a las ONG, pasando por la prensa, los partidos -incluyendo el suyo- los sindicatos, los artistas, los cooperantes internacionales y los propios damnificados. Sus respuestas descomedidas a los periodistas españoles, aludiendo a la guerra civil de hace 70 años, y a los rescatistas de esa nacionalidad que reclamaron por la falta de seguridad luego de verse envueltos en una balacera, mostraron una enorme carencia de autocontrol, rara en un político de la experiencia de García.

Aunque algunas preguntas fueran impertinentes o algunas críticas injustas -por lo general no lo eran-, el presidente debió aceptarlas de mejor talante.

Incluso en Lima ha seguido en la misma dirección equivocada. El jueves, cuando le preguntaron en Palacio de Gobierno por la bebé que falleció por una enfermedad bronquial, respondió irritado responsabilizando a los padres por su poco cuidado y a Dios por el clima.

¿RECTIFICARÁ?

La incierta situación financiera mundial y la desaceleración del crecimiento peruano, deberían ser acicates para tratar con más cuidado la política. Hasta ahora los numerosos errores políticos del Gobierno están siendo tolerados con relativa serenidad, en buena medida por el espectacular crecimiento económico. Pero si la situación económica no sigue siendo tan buena, la gente se va a tornar menos permisiva.

El presidente García tiene inmejorables condiciones para mejorar su gestión. En algunos temas ha demostrado que puede cambiar y rectificar.

Habrá que observar si renueva su estilo y sus gestos políticos. Si sigue como hasta ahora, es probable que su popularidad continúe deteriorándose y eso nos lleva, por muchas razones, a una situación peligrosa.

DESATINOS

Finalmente el Ministerio del Interior anuló la oscura compra de patrulleros chinos, denunciada por

Perú.21

y otros medios de comunicación. De esa manera, el gobierno pretende proteger a Luis Alva Castro de la interpelación. Pero no es suficiente.

También debería invalidarse la escandalosa adquisición de gases lacrimógenos, sobrevaluados en un millón y medio de dólares, como han señalado varios medios. Y Alva Castro asumir su responsabilidad en estos temas y no esconderse, como acostumbra hacer cuando las papas queman.

La lección de este segundo fracaso en pocos meses, es que el Gobierno no debería usar el Ministerio del Interior con criterios de inmediatismo político. En el caso de la anterior ministra, fue ubicada en ese cargo para completar la cuota de mujeres y para desarmar políticamente a los partidarios de Alejandro Toledo. Y con Alva, para contrapesar al premier en el gabinete.

Cabe señalar también que entre los muchos desatinos cometidos por Alva Castro, está el de haber conformado el comando policial -recientemente reorganizado- exclusivamente con miembros de la ex Guardia Republicana (GR). En efecto, el director general de la Policía, el jefe de Estado Mayor y el inspector general, así como el jefe de la región Lima provienen de la Guardia Republicana.

Al margen de las calidades personales de esos oficiales, es importante mantener el equilibrio entre las antiguas instituciones que conformaron la Policía Nacional: la Guardia Civil, la Policía de Investigaciones y la Guardia Republicana. Existen culturas institucionales distintas, habilidades diferentes y también recelos y rencillas. Eso va a durar todavía varios años y hay que manejarlo con cuidado. No lo están haciendo.

Alva Castro ha hecho primar, además de equivocadas designaciones, el criterio de antigüedad, cuando lo que debe predominar es el de la capacidad y las pericias específicas. Aparte del asunto del comando policial, acaba de cambiar al jefe de la Dirección de Investigación Criminal (Dirincri), un eficiente oficial de la ex PIP, que estaba en lo suyo, al puesto de director de Operaciones, que no es su campo.

Todos estos errores son imperceptibles desde fuera, pero internamente causan un gravísimo daño a la ya disminuida eficiencia policial.




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