| Dom. 16 sep '07

Masías entre travestis

Lo que acaban de leer no es -espero que sea obvio- mi opinión. Es la indignada queja de un lector imaginario que religiosamente escribe cartas a los periódicos para dejar constancia del sentir de "ese sector" que se pasa la vida clamando al cielo porque se prohíba, se controle, se clausure, se reprima y se censure absolutamente todo. "Ese sector", (al que me abstendré de adjetivar por más que me muera de las ganas), no es pues, precisamente, una minoría indefensa y es por eso que se las arregla siempre para ejercer impunemente su innegable control en la vida de los otros desde todititas las esferas: los medios, la publicidad, la educación, el empresariado y, muy especialmente, la política donde los insignes representantes de "ese sector" se las siguen ingeniando para asegurarse las posiciones hegemónicas que les permiten, claro, imponer su ley. Identificar, uno por uno, a los heraldos blancos de "ese sector" resultaría -más que inútil- interminable. Usted y yo sabemos perfectamente de quiénes estamos hablando y ellos también, de modo que dejémonos de tanto preámbulo y vayamos, de frente, a la historia que les quiero contar.

Ofreciendo la negra calavera de su espalda como una sórdida invitación a sabe Dios qué cochinadas, el impávido mapero o flete charapa parecía recostado contra el violento fucsia de la pared. Yo lo miraba y él me miraba. Yo, confundido entre la culturosa concurrencia con mi reglamentaria copita de vino de vernissage. Él, sin copa, sin polo, sin huevadas: de espaldas y contra la pared. Yo lo miraba y él me miraba. Miraba y no dejaba de mirar. Lástima para mí y tremenda suerte del galifardo el no ser real, sino el avezado pirata de río pintado en un cuadro al que yo miraba fijamente mientras, dando por inaugurada la endemoniada exposición de mi iluminado causa Christian Bendayán, el burgomaestre Manuel Masías se echaba un discursito y nos envolvía a todos con el sortilegio de un verbo tan frondoso como erudito e inspirado: «Es un honor para mí presentar a este artista que esta noche nos trae a Miraflores el clima cálido de la selva, el aire nocturno de las discotecas (!!!) y un claro mensaje de peruanidad en esta muestra en la que el tema central de su obra es, sin lugar a dudas, la mujer peruana». Al oír esto último, siete disforzadas travestis coquetamente ataviadas de vestidito bora o huitoto soltaron el caudaloso Amazonas de su risa. Para suerte de Masías, ellas también estaban pintadas en la pared.

Cuando ya el robustito alcalde de los ojos dormilones se abocaba a darle curso a sucesivos triples de espinaca y queso crema, decidí aprovechar la oportunidad de estrechar la mano de un personaje tan gay-friendly y open-minded y sucumbí a la tentación de aproximármele con el pretexto de hacer de su conocimiento el aterrador hallazgo que acababa yo de hacer: «señor alcalde, me he tomado el trabajo de contabilizar homosexuales en este evento suyo, tan distinguido y creo mi deber comunicarle que he encontrado nueve, en total. ¡Nueve homosexuales, al mismo tiempo! ¿no le parecen demasiados para un solo evento municipal? Pero, ¿qué es esto?, ¿una noche de ambiente?, ¿dónde estamos?» Manuel y su coro de asesores soltaron el tipo de carcajada criolla que se suelta al escuchar una ocurrencia más del graciosito de la peña. «¿Nueve? ¡Imposible!» -contragolpeó por ahí algún canchero regidor- «¡Aquí tiene que haber muchísimos más! ¡Y eso que a ti no te contamos!, ¿ah?» El fotógrafo de casa no cesaba de acribillarnos, por si acaso: no dejaba de ser útil tener en archivo alguna prueba fehaciente de esa proverbial tolerancia edil con todos esos pobres infortunados a los que hay que mirar con ojos de piedad, porque no son iguales que uno. «No hablaba de los asistentes, alcalde, hablaba de los cuadros. ¿Se ha fijado? Mírelos bien: la sirena aquella con cuerpo de delfín rosado... a mí me parece un sireno. A ver, dígame: ¿qué le dice su ojo experto? ¿Es o no es?» Me respondió que qué curioso, que ni cuenta se había dado. «¿Y el personaje aquel que se chupa el dedo?» No, qué va, a él no le parecía. «¿Y a estas siete tigresas del oriente, tan coquetas, tan macetas, dónde me las deja?» Fue aquí que Masías sí se puso lívido. La jeta se le descolgó: giró la cabeza lentamente para volver a ver el gigantesco tríptico al que acababa de aludir en su vibrante manifiesto y en sus ojitos verdes pareció asomar el cruel destello del ridículo absoluto:

- ¿Me va a decir que esos son

hombres?

- ¿Me va a decir que son mujeres?




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