| Mar. 30 oct '07

Historias reales, el viejo instinto

Las aplicaciones y los auditorios varían, pero el instinto se ha mantenido. Las palabras dan cuenta de lo que no ha sido visto o escuchado. Consecuencia de la complejidad de nuestra imaginación, los relatos son necesarios porque buscamos en ellos saber acerca de lo que ocurrió en otro tiempo y lugar. Así, se vuelven en nuestro nexo con lo distante, el vínculo con lo misterioso o ignorado. En ellas, las palabras se han inventado para reemplazar a los sentidos.

En un principio, los relatos contaban acerca de eventos reales. La historia, la religión y la mitología hablaban acerca de la verdad de sus referentes.

Con el tiempo, nos fuimos sofisticando. Ya en la Antigüedad clásica, se inventó la categoría de lo ficticio. Aceptamos contar, escuchar, leer historias imaginarias, con tal de que tuvieran la apariencia de lo real.

También hubo y hay escritores que descartan en su obra la relación con la realidad. Conozco un caso extremo. Un profesor universitario en Lima anunció, hace algunos años, que declaraba abolido el concepto aristotélico de verosimilitud y del género narrativo del realismo.

Y, sin embargo, en un mundo sin ideologías ni religiones, los relatos reales, con toda su detallada crudeza, han regresado.

Hoy vemos ejemplos nuevos: La cuarta espada, de Santiago Roncagliolo; El olvido que seremos, de Héctor Abad, y Un millón de soles, de Jorge Benavides. Todas están basadas o dan cuenta de hechos reales.

Lo importante es que, reales o inventadas, las historias cumplen con darles una forma a nuestros instintos. Un reportero, un novelista, un cineasta de ficción o de documentales, hace esencialmente lo mismo. Cuenta historias que se vuelven reales solo gracias a los recursos de sus creadores. El hechizo, gracias al cual una historia brilla, es una consecuencia de su forma. La verdad que cuenta depende de sus palabras.

Estamos en la era de los relatos reales, pero seguiremos siempre en la del lenguaje. En ellas, el escritor es un tipo que encuentra y desentierra historias en la realidad o fuera de ella. Un proveedor del viejo instinto.




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