¿Los compañeros de Tula creen que la gente es tonta?
El ministro de Salud debería atender, con urgencia, la epidemia desatada en la Subcomisión de Acusaciones Constitucionales del Congreso, la cual recrudece entre los apristas cada vez que deben revisar el caso de la compañera Tula Benites.
La última damnificada es la congresista -aprista, por si acaso- Hilda Guevara, quien ayer tuvo que renunciar a dicho grupo de trabajo por motivos de salud. Ayer, también, otro de sus miembros, José Vargas -aprista, por si acaso- faltó pues tenía una licencia para asistir a una cita con el ministro de Energía y Minas.
El detalle -que también sirve como coartada- es que esta subcomisión no puede sesionar válidamente sin todos sus miembros. Basta que falte uno, ya sea porque está realmente enfermo, o porque, simplemente, es un otorongo más y quiere cubrir a un compañero, para que se frustre cualquier sesión.
Y eso es lo que ha venido ocurriendo en esta subcomisión cada vez que el expediente Tula Benites entra a la agenda. Con la de ayer, ya van cuatro veces cuatro que se quedan sin quórum ante dicha posibilidad.
La cabeza del Congreso, Luis Gonzales Posada, le ha enviado una carta al presidente de la subcomisión haciéndole notar su extrañeza y malestar por lo ocurrido. "Se está dando la sensación de que se quiere blindar o apoyar a determinada persona y eso no es así", dice.
¿Pero si no es así, don Lucho, qué otra sensación se podría estar dejando? Porque frustrar cuatro veces la sesión por la ausencia de un miembro del Apra, es mucho, ¿no? ¿O le creemos, también, al certificado médico exhibido a última hora por la congresista Guevara en el que se le declara con síndrome vertiginoso?
Cómo debe estar de mal el panorama para la -todavía- congresista Benites, que sus compañeros no se atreven a votar en la subcomisión que debe decidir si se le acusa o no ante la justicia.
Lo más digno -creen ellos- es votar con los pies, ausentándose de las sesiones. Mejor sería que voten de una vez, incluso salvándola, con lo cual quedará constancia de su otoronguismo. Pero a los congresistas les pagan un sueldo para decidir y, con su voto, dejar constancia de su posición e integridad; no para huir de la responsabilidad.