El viernes, frente a los gobernadores del norte, en Trujillo, la ciudad que no hace mucho lo hizo llorar, y cuando se suponía que la prensa ya no estaba y sonaba La vida es un carnaval de Celia Cruz -el himno de su última campaña-, el presidente Alan García habló de un tercer gobierno aprista en el año 2011.
La noticia se difundió a los pocos minutos, y el jefe de Estado tuvo que salir de inmediato a precisar que no se refirió a su reelección sino a la de su partido. "¿Por qué están condenados los apristas a irse en el 2011?", se preguntó.
El asunto es interesante porque, para empezar, ha obligado al presidente a negar de manera rotunda el cambio constitucional para buscar su reelección. De vez en cuando, medio en broma, medio en serio, los apristas lanzan esa posibilidad, como ocurrió en noviembre pasado. Pero a estas alturas de su administración, hasta García ya se debe de haber dado cuenta de lo políticamente inviable de su reelección.
Es comprensible que un partido político pretenda permanecer en el poder por más de un período. Pero ello demanda, en primer lugar, gobernar bien para que la gente quiera que se quede. Y eso es lo que el Apra debe hacer, mirando más allá de continuar lo hecho por Fujimori y Toledo en el plano económico, y adentrarse con entusiasmo y profundidad en la agenda pendiente en educación, salud, seguridad o justicia, la cual sigue invicta.
Más difícil de comprender es, sin embargo, que García quiera que su partido esté en el poder entre el 2011 y el 2016, el año en que él aspira a regresar a Palacio para concretar su deseo de ser el primer presidente peruano que completó tres períodos.
La creación de las condiciones para su tercer gobierno es el objetivo central de su segundo mandato. Por ello, es obvio que García designará al candidato aprista de la elección del 2011. Y, también por ello, quizá este no sea aprista.
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