Consciente como está el gobierno de que el alza de precios está afectando la popularidad de su líder, no se va a quedar de brazos cruzados, y va a proceder a echarle la culpa a alguien más -ya lo hizo con algunos medios- y, quizá, encontrar un chivo expiatorio.
Mirko Lauer especuló hace un par de días que ese chivo algo expiatorio sería Luis Carranza, el ministro de Economía, quien podría estar con los días contados en el gabinete pues, de acuerdo con su argumento, el gobierno va a tener que entrar a la política a ocuparse de algunas promesas de campaña que han sido dejadas de lado.
Estoy en desacuerdo con la conveniencia para el país de una opción como esa, pero estoy de acuerdo con el columnista de La República en que la salida de Carranza se está volviendo, para el gobierno, en una posibilidad creciente, precisamente por la búsqueda de un chivo expiatorio para una situación en la que Alan García se debe estar cansando de ser un presidente impopular.
En ese contexto, su regreso del viaje a China y Japón debe haber puesto más nerviosos de lo que ya están a los ministros, varios de los cuales parecen estar al borde de un ataque de nervios.
Aparecer en la televisión cocinando menús económicos, exhibir winchas de Wong con el mismo monto del mes pasado, sacar a Indecopi a los mercados a supervisar balanzas y precios, y amenazar a especuladores fantasmas, puede ser insuficiente para un presidente sediento de medidas un poco más audaces para demostrar su compromiso con la olla de los pobres.
Una medida -demasiado- audaz es, sin duda, cambiar de ministro de Economía. Y a Carranza quizá no le falten ganas de irse. No va a haber mucho espacio para alguna reforma relevante, el sueldo es pequeño en relación con sus credenciales, ya hizo los méritos necesarios para poner en su CV el ansiado "ex ministro de Economía" y, la verdad, es que mal no le ha ido durante un período de crecimiento fuerte.
Pero lo que viene por delante es otra cosa. Un escenario internacional chúcaro y un gobierno cada vez más politizado no parecen un lecho de rosas para un ministro sin conexiones políticas como Carranza.