| Sáb. 22 mar '08

¿Suicidio o accidente?

No se necesita una dosis alta de paranoia o suspicacia para pensar en el suicidio. Pero también están las evidentes huellas de una lucha por recuperar el equilibrio, sostenerse en contra de las leyes de la gravedad, agarrado de la balaustrada por unos instantes -¿minutos?- aterradores. Quizá fue un accidente.

Y viene la obsesión con la solución del misterio, que se instala en tu mente y no la abandona, y ocupa una parte importante de tus energías mentales.

Hay huellas para todas las suposiciones y argumentos que inclinan la balanza hacia uno u otro lado, según tus estados de ánimo, más que de acuerdo con las informaciones que se van acumulando y que en un momento determinado ya no aportan nada nuevo.

Es irónico, es doloroso, es contradictorio. Si suicidio, te enfrentas con la libertad absoluta del ser querido que decidió sacarle la lengua a Dios y tú te preguntas por qué debes pagar los platos rotos de lo que alguien llamó el único problema filosófico relevante -el de si la vida vale la pena de ser vivida- y te quedas lleno de rabia por el abandono voluntario de todo lo que queda. Si accidente, encaras que Dios le haya sacado la lengua al ser amado y te llenas del azar y del sinsentido que lo domina todo.

Y entre la víctima de un destino ciego, destruida por la omnipotencia divina que te lo quitó y la omnipotencia humana, la del actor libre de su propio sino que se quitó, te quedas desamparado y perdido, sin poder hacer otra cosa que pensar y pensar, deshilachar la trama de lo ocurrido en las horas anteriores, los días que precedieron, la vida que fue.

Analizas con rabia y dolor, tratando de llenar los momentos finales con una convicción que te exima de culpa o te condene.

Hay accidentes que parecen suicidios y hay suicidios que parecen accidentes. Pero, sobre todo, hay suicidios que son accidentes y muchos accidentes que son, en realidad, suicidios.

Y hay, dentro de cada uno de nosotros, una parte que quiere sacarle la lengua a Dios y otra que tiene terror de la lengua divina.

¿Qué importa si fue suicidio o accidente? Lo central, en fin de cuentas, lo que cura, es dejar de lado la búsqueda detectivesca del castigo o la absolución, para encontrarte con la pena.




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