| Sáb. 12 abr '08

Todos somos lisiados

Hay momentos en que él le presta su brazo a ella; en otros, ella le ofrece su pierna a él. Ambos hacen un uso magistral de la muleta que él no puede dejar de llevar. Ella lleva la ventaja cuando bailan en pie y él cuando se involucran en hermosos movimientos con sus cuerpos pegados al suelo. Claro que no faltan los aplausos enardecidos, las miradas emocionadas y las clásicas lágrimas de algún espectador extasiado y emocionado. La lógica del reality show ha conquistado el mundo.

Pero, ¿cuál es el mensaje? El coraje, el pundonor, el esfuerzo, la superación de la adversidad, aquello que quienes no somos cojos ni mancos damos por sentado, la pequeñez de nuestros desvelos y quejas, lo que deberíamos agradecer cada mañana. Sí, todo lo anterior está encarnado en la increíble performance de la pareja de lisiados. Pero hay más.

Personalmente, lo que comprendí al contemplar a los bailarines es que todo encuentro entre personas, no importa cuán enteritas parezcan, es el encuentro entre un cojo y un manco. En el caso que nos ocupa, los vacíos son evidentes, pero en la mayoría de los casos no están inscritos en ningún lugar del cuerpo. Sin embargo, existen, y en el comercio de los afectos y las relaciones interpersonales pesan mucho, tanto para producir desempeños exitosos, a veces impensables, como para llevar al despeñadero emocional.

Si uno no asume sus carencias -a veces más pesadas que no tener una pierna o un brazo-, no puede enganchar con el otro. Si uno no puede ver en el otro carencias, tampoco. Es usando las carencias de manera creativa, no negándolas u ocultándolas, que se construyen las relaciones más duraderas y significativas, las más sólidas, las que marcan, las que dejan huella.

No olvidemos que todos comenzamos nuestro trayecto en la indefensión casi total de la infancia y hay alguien que nos presta su cuerpo, su conocimiento, su comprensión, para comenzar la vida con alguna posibilidad de llegar a buen puerto. Y ese apoyo, algunos lo llaman andamiaje, es lo que nos dará la fuerza para entrar en contacto con carencias ajenas y usarlas con las nuestras. Comenzando cuando nos convertimos en padres.




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