El error de creer que el problema es la comunicación.
La aprobación presidencial volvió a experimentar un ligero descenso pero dentro de una tendencia decreciente que la ha colocado este mes, a nivel nacional, según Ipsos-Apoyo, en 26%, el registro más bajo en lo que va del gobierno y que aproxima a Alan García a su votación natural, la que alcanzó en la primera vuelta del 2006.
En dicho contexto, desde las propias filas oficialistas ha resurgido el planteamiento de que el gobierno necesita tomar aire -a pesar de que el último relevo ministerial fue hace pocos meses-, y que esta vez no es porque los integrantes del gabinete estén cansados, como se decía la vez pasada, sino porque -¡pobrecitos!- son muditos.
Desde esa perspectiva, sustentada por apristas como los parlamentarios Mauricio Mulder -secretario general del partido- y Aurelio Pastor, el problema principal radica en la incapacidad del gobierno para comunicar adecuadamente sus logros porque los ministros y congresistas no solo están "mudos" sino que "no caminan y se quedan en Lima en sus escritorios".
Esta supuesta deficiencia en el desempeño gubernamental es aceptada por ministros como el de Salud, Hernán Garrido Lecca, quien declara reconocer "la necesidad de tener una política comunicacional más efectiva".
Por supuesto que toda entidad necesita una estrategia de comunicación, y que siempre se puede mejorar la que ya se tiene, pero el gobierno se va a meter un tremendo porrazo si cree que ahí está la fórmula para que el presidente García sea más popular.
La falta de una buena comunicación y de operadores políticos con mejor labia puede ser la respuesta de quienes quieren propiciar un relevo en el gabinete o, también, de algunos ayayeros que pretenden beneficiarse de algún modo de las consecuencias de esa nueva política comunicacional. ¿Con qué comunicación creen que van a levantar la aprobación de 11% en el Oriente, o de 14% en el Sur?
La respuesta no está ahí sino en la calidad de las políticas sociales del gobierno para llegar con mayor efectividad a los más pobres. Y, también, en la credibilidad de la representación política. En ambos, el déficit es enorme.