A veces nos encontramos con situaciones en las que alguien nos dice que no puede y nosotros hacemos lo posible por convencerlo de lo contrario. Ocurre con los deportistas, ocurre con nuestros hijos cuando deben afrontar una tarea difícil y desconfían de sus fuerzas o habilidades. A todos nos retumba el eco de "sí se puede" y, en efecto, convencerse de que uno puede es parte del poder.
En otras ocasiones, nuestros alumnos o hijos o pacientes dicen que no quieren y es evidente que el problema radica en su desmotivación, la falta de ganas, la ausencia de voluntad. Entonces, nos proponemos actuar en ese nivel y motivarlos, convencerlos de que vale la pena, de que ganan o aportan, de que crecen o hacen crecer.
Pero hay situaciones distintas. Alguien nos dice que no le da la gana, que en cualquier momento puede, que basta que se lo proponga para que ocurra lo que no ocurre. Y, entonces, nos desvivimos por convencerlo, por alterar su voluntad. Pero, a último momento -cuando está a punto de salir de casa para ir al colegio al que no asiste hace mucho o cuando parece que va a dejar la droga que lo subyuga-, se retracta y dice que no quiere o que ya no quiere, que va a querer mañana o pasado. Y se sigue en ese plan por mucho tiempo, todos convencidos de que es un asunto de querer.
Muchas veces es un cuento. Un cuento que la persona se cuenta a sí misma y que les cuenta a los demás. En realidad, no puede porque, más allá de su voluntad -la del que dice que deja su droga cuando lo decida o que va a estudiar cuando le provoque-, hay un terror al cambio que lo paraliza: la idea sobrecogedora de que si se ve obligado a hacer lo que dice que no quiere, pero que en realidad no puede, se va a romper, se va a quebrar, va a dejar de ser él.
Reconocer la debilidad, que no se puede, es la única manera de superarla.
Hacer las cosas de otra manera, atreverse a pensarlas diferentes, no como un poder que está en suspenso por cuestiones de querer, sino captar qué fractura se esconde detrás del aislamiento soberbio que proporciona la droga o la negativa a socializar, es la única forma de existir más sanamente.