| Sáb. 03 may '08

¿Dónde queda la felicidad?

Ese aspecto es, de lejos, más importante que, por ejemplo, el dinero y, aunque no lo crean muchos, la salud. Lo irónico, en realidad patético, es que, hoy, la mayor parte de los individuos estamos dispuestos a rebanar tiempo relacional para obtener un ingreso mayor a fin de mes, el premio mayor en cualquiera de los campos en los que nos desenvolvemos profesionalmente o la presidencia del club, del Congreso o del país. Cedemos, entonces, aquello que puede hacernos más felices en aras de aquello que nos da felicidades bastante menos sólidas y mucho más ilusorias y transitorias. Incluso piensen en esas legiones que trabajan cada músculo del cuerpo en algún gimnasio por un par de horas en cada sesión diaria. Piensan dos veces antes de comer y muchas más después de haberlo hecho, se atiborran de suplementos vitamínicos para oxidarse menos y no dejar ni un solo radical suelto en plaza, meditan con el gurú de moda en algún grupo en el que nadie habla con nadie, entrenan sus cerebros y sus corazones y sus habilidades interpersonales. ¿Cómo usar esa salud, esa fuerza, esa capacidad? ¿Cuándo, con quién, para qué? ¿Se van a morir sanos después de haber vivido como enfermos? ¿Se van a morir llenos de conocimientos sobre cómo hacer, mantener, agrandar sus amistades, sus amores, sus liderazgos, sin haber tenido tiempo para sembrarlos, regarlos y gozarlos? Sí, es un poco el ejercicio de la enfermedad en nombre de la salud. Y eso que la salud es un componente indudable del bienestar y se puede entrenar y fomentar. Pero sin el bienestar emocional basado, no en el dinero, ni en el éxito político, ni en el logro académico -todas cosas importantes si las ponemos en un contexto racional y con expectativas razonables-, sino en la calidez de una reunión entre personas que se conocen y reconocen, y se pueden proyectar hacia atrás y hacia adelante, cuyas miradas se entrelazan en códigos comunes con sus cuerpos y mentes. Al final de todo, es la conversación alrededor de una mesa, comiendo lo que se ha cocinado, poniendo una pizca de alteración de la conciencia con un trago, contando chistes, bailando, resolviendo problemas, enfrentando retos, con los hijos, los padres, los nietos, los amigos... que se consolida un sentimiento estable de contento, quizá no la cima orgásmica que nos pintan como que nos espera a la vuelta de cada esquina y al cabo de cada dieta o capacitación, que le da sentido a la vida. Es verdad que lo anterior requiere tiempo. Una porción respetable del cual usamos entrenándonos para vivir bien. ¿cuándo?




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