| Mar. 06 may '08

¿Tragedia griega a la peruana?

En lo económico no adhiero a ningún dogma. He vivido diferentes esquemas. Me siento cómodo con los que permiten amplio margen a la creatividad, iniciativa y libertad, con redistribución y redes de compensación. Mi apoyo u oposición a un gobierno no se define, en primer lugar, por sus políticas económicas.

Intolerancia en lo político e ideológico, impunidad frente a la transgresión de la legalidad y formas antidemocráticas, marcan espacios no negociables. La injusticia no se convierte en justicia cuando la ejerce China, ni la represión en actos de defensa cuando la ejerce Castro II.

Soy, con orgullo, lo que algunos llaman, con desprecio, un cívico, cuyas opciones siempre han estado entre la centro izquierda y la centro derecha. Si alguna vez salí de esos linderos, fue para evitar el peor de todos los males: la dictadura.

Mayo 68 no me sedujo en mayo 68, ni ninguna refundación voluntarista de una sociedad, ya que me parece condenada al fracaso después de pasar por la tragedia. Siempre pensé que los grupos que buscan subvertir por la violencia gobiernos democráticos deben ser derrotados con el poder legítimo de las armas y con la superioridad de un sistema que se sujeta a la legalidad.

Todo gobierno tiene logros. Pero no puedo apoyar a uno, a pesar de sus logros, si se sale del juego de pesos y contrapesos que controlan el ejercicio de su poder. Las razones por las que me opuse a Fujimori son las mismas por las que me opuse a Velasco y Morales Bermúdez, y por las que rechazo a Chávez, Castro y Pinochet. Si son favorables o no para Estados Unidos, buenos o malos para la economía, juran por los pobres o apoyan a los ricos, son, para mí, hechos secundarios.

Puedo respetar a un personaje, me puede caer simpático, puedo aceptar que produce resultados positivos o que es un castigo merecido para su pueblo, pero me opongo a un régimen que trata a parte de sus ciudadanos como si no lo fueran, como enemigos, por sus ideas o actos amparados por la ley. El segundo Belaunde, el primer García, Paniagua y Toledo, a veces me parecieron bien, a veces mal, pero apoyé, defendí y respeté sus investiduras hasta el último segundo de sus mandatos, como ocurre con el segundo García.

La carta de Aprodeh es un acto de soberbia y una de esas manifestaciones de sobrevaloración de la importancia propia, que terminan en el pasivo de organizaciones y personas que han jugado un papel importante y deben poder seguir jugándolo.

Pero las reacciones desencadenadas alrededor de los derechos humanos, las organizaciones que los defienden, las personas que se oponen al gobierno o a un modelo de administración de la economía, que buscan desplazar a todos hacia una esquina y convertirlos en saboteadores del progreso y la vida, son torpes, malsanas, perversas, patológicas, contraproducentes y, en muchos casos, simplemente interesadas.

La mejor receta para minar el prestigio de un gobierno es: confrontación hiperactiva, pontificación permanente, dispersión de acciones y palabras, pérdida de contacto con la realidad. Afirmar un modelo econó mico abierto, combatir efectivamente la exclusión y la pobreza, y estar siempre del lado de la democracia y, sí, los derechos humanos, es la única vía para consolidar la continuidad que nuestra sociedad necesita. Patee usted una de esas patas, sobre todo las dos últimas, y, tarde o temprano, la mesa se cae. Toda la mesa, nuestra mesa, no solamente la popularidad que, de todas formas, en el Perú, no puede mantenerse alta por mucho tiempo en un régimen democrático.

¿Está el presidente García a punto de volver a recorrer el camino -que no tiene solamente que ver con la economía y las encuestas- de los ochentas: extraordinario candidato, mal presidente y desacreditado ex mandatario? Esa segunda oportunidad -que se presentaba, se presenta, auspiciosa- que nos pidió para poder encontrarse con el destino, se está pareciendo a una tragedia griega: el personaje se acerca a la perdición cuanto más seguro está de que está haciendo todo para alejarse de ella.

Economía abierta, lucha contra la pobreza, democracia y derechos humanos, todos juntos, evitarán una tragedia griega a la peruana y sentarán las bases para un desarrollo permanente.




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