| Vie. 09 may '08

La preocupación de una madre

Me llegó este artículo anónimo que quiero compartir con usted en esta fecha tan especial:

"¿Es que hay un periodo mágico cuando los hijos se hacen responsables por sus propias acciones? ¿Existe un momento cuando los padres nos convertimos solo en espectadores en la vida de nuestros hijos y decimos: "Es la vida de ellos"?

Cuando tenía 20 años, estaba en el pasillo de un hospital esperando a que los doctores pusieran unos puntos en la cabeza de mi hijo y pregunté: "¿Cuándo pararé de preocuparme?".

La enfermera dijo: "Cuando salgan de la etapa de accidentes".

Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.

Cuando tenía 30 años, me senté en una pequeña silla en una clase y oí cómo uno de mis hijos hablaba interrumpiendo la clase y moviéndose.

Casi como que me hubiera leído la mente, la maestra me dijo: "No se preocupe, todos ellos pasan por esta etapa y luego podrá sentarse tranquila, relajarse y disfrutarlos".

Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.

Cuando tenía 40, me pasaba la vida esperando a que el teléfono sonara, a que los carros llegaran a casa, a que la puerta se abriera. Una amiga me dijo: "En unos años vas a dejar de preocuparte. Ellos ya serán adultos".

Mi mamá apenas se sonrió y no dijo nada.

Cuando tenía 50, estaba cansada y harta de ser vulnerable, todavía me preocupaba por mis hijos, pero también ya se notaba una arruga nueva en mi frente.

Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.

Continué angustiándome con sus fracasos, apenándome por sus tristezas y absorbida en sus decepciones. Mis amigos me decían que cuando mis hijos se casaran iba a dejar de preocuparme y llevar mi propia vida. Quería creerles, pero me asaltaba el recuerdo de la cálida sonrisa de mi mamá y su ocasional: "Luces pálida, hija, ¿estás bien?

¿Es que estás deprimida?

¿Es que puede ser que las madres estemos sentenciadas a una vida de preocupaciones? ¿Es que la preocupación por nuestros hijos se entrega como una antorcha de unos a otros?

Un día, uno de mis hijos se irritó conmigo. Me dijo: "¿Dónde estabas?

Desde ayer te estoy llamando y nadie me respondía. Estaba muy preocupado".

Yo solo emití una cálida sonrisa, no dije nada. La antorcha había sido entregada.

A todas las madres nos ha sucedido. Esta relación de madre e hijo es tan profunda como la misma naturaleza de ambos porque se lleva en la sangre.

Al leer este artículo, nos identificamos sonriendo pues reconocemos que nuestras actitudes, pensamientos, sonrisas y lágrimas que hemos vertido con nuestros hijos son muy parecidas, sino iguales.

¡Feliz Día, Mamá!




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