| Sáb. 24 may '08

El sobón

La trayectoria de las últimas décadas produjo una fragilidad de las principales instituciones nacionales, pero hubo algunas -especialmente las informales- que se mantuvieron y hasta fortalecieron. La sobonería es una institución nacional que sigue invicta y robusta.

Donde hay alguien con poder, siempre habrá un sobón. Le festeja todo al jefe, porque este es infalible, sabio, entretenido y sobre todo -porque ahí está el detalle- generoso. Incluso si el jefe mete la pata, el sobón defiende las posiciones del jefe, especialmente ante sus detractores, cuya presencia es indispensable para que puedan ejercer en forma cabal su papel.

Sobones hay en todas partes, pero un terreno fértil, con oportunidades inagotables para practicar este talento complejo, es la política. El único problema es que la competencia ahí es ardua.

El sobón político está en todos lados. Si la emoción del presidente se descontrola y súbitamente decide postular al país a las olimpiadas a solo ocho años vista, aparecen los ministros que le dan la razón y atacan a los que tienen alguna duda de que esto pueda ser posible de lograr en tan poco tiempo.

El sobón sabe que el jefe está equivocado, pero sabe también que, por eso mismo, se va a valorar mucho más su intervención (un sobón en las malas vale más que un sobón en las buenas). También está el periodista que, para contrarrestar la crítica, sostiene, sin ruborizarse, que soñar en grande no puede ser una patinada.

Las fiestas del mandatario también constituyen oportunidades magníficas. En su cumpleaños le puede obsequiar una torta bien papatorta pero con su nombre -el del sobón, por supuesto- escrito con crema chantilly en un lugar estratégico del pastel para que mientras el jefe se lo come no olvide quién la envió. Y si el jefe organiza una ceremonia en el Palacio con la presencia de invitados internacionales, le puede regalar unos fuegos artificiales en los que, como final de cumbre, aparece el nombre brillante del poderoso en el cielo de la ciudad.

En fin, sobones abundan y no hay por qué criticarlos. Es un estilo de ser, nada más. El problema empieza cuando el soberano goza con el halago falso, lo promueve y -peor aún- se cree lo grandioso que cada día le dicen que él es.




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