El presidente Alan García se ha desconectado de la realidad. Tanto pasear por las cumbres parece que lo han mareado. En los últimos días ha hecho varios pronósticos irrealizables.
Dijo que el Perú está camino a convertirse en un país del primer mundo. A continuación, afirmó que el Perú vive su edad de oro. Luego, que superaremos a Chile en 2015. La última, que postularemos a la sede olímpica para el año 2016.
BUEN MOMENTO.
No hay duda de que el Perú pasa por un buen momento. El crecimiento sostenido de la economía durante un lustro es algo que no se vivía desde hace mucho tiempo.
Eso se explica básicamente por dos razones. La primera, el mantenimiento de políticas de libre mercado durante los últimos quince años a pesar de los bruscos cambios políticos.
La segunda, la demanda mundial creciente de materias primas y sus precios extraordinarios.
Esto último ha beneficiado a muchos países de América Latina. El Perú no es el único que ha prosperado sostenidamente en los últimos años. Lo ha hecho la mayoría de países de la región.
Pero ese contexto internacional favorable no hubiera sido aprovechado si es que hubiéramos tenido políticas populistas y estatistas como las que practicó Alan García en su primer gobierno, o las que ejecutan hoy día Hugo Chávez y Evo Morales en Venezuela y Bolivia.
Esa es la buena noticia. La mala es que, además de la economía, poco es lo que está mejorando en el Perú. Y el crecimiento económico es condición necesaria pero no suficiente para el desarrollo.
EDUCACIÓN POR LOS SUELOS.
Lo más evidente y preocupante es, sin duda, la educación. Los debates en los últimos tiempos sobre el nivel de los estudiantes y de los maestros han mostrado una realidad aterradora. Ni unos ni otros son capaces de entender textos simples ni de realizar operaciones matemáticas elementales.
Cambiar esa situación requiere décadas de buenas políticas educativas y de inversión creciente y sostenida. Nada de eso se está haciendo en el Perú. Como la mayoría de expertos ha señalado, ni siquiera hemos empezado.
Una base indispensable, un punto de partida imprescindible para siquiera acercarnos al primer mundo es tener una población educada. Hoy más que nunca, en la era de la globalización y la información, progresan de verdad los países que tienen altos niveles educativos, antes que los que poseen materias primas.
Los "milagros" de Irlanda o Nueva Zelanda son posibles gracias a que esos países tenían una población educada. Lo mismo ocurre ahora con varios países de Europa del Este.
Reitero, el problema no es que no se hayan resuelto los problemas educativos que se arrastran por décadas en dos años. El asunto es que no se ha empezado.
DESNUTRICIÓN INFANTIL.
Otra de las trabas fundamentales para el desarrollo, vinculada a la educación, es la desnutrición infantil, como ha señalado muchas veces León Trahtemberg. Si un niño es desnutrido los primeros años de su vida, eso lo marcará para siempre. Su capacidad de aprendizaje será muy limitada.
El porcentaje de niños desnutridos en el Perú es de aproximadamente 25%, y el descenso de esa pavorosa cifra es lento.
Los niños están desnutridos porque sus familias son pobres. Y los planes de lucha contra la pobreza no están funcionando adecuadamente, según señalan todos los expertos en el tema.
Al presidente García eso le irrita. Los llama "probetólogos", los vilipendia y trata de desacreditarlos. Pero los hechos lo desmienten.
INSTITUCIONES.
Las instituciones en el Perú no solamente están a años luz de las del primer mundo, sino muy lejos de las de vecinos como Chile. El Poder Judicial es un ejemplo palpable.
Las diferencias entre un país desarrollado y uno atrasado no solo radica en su Producto Bruto Interno y la solidez de su economía sino, sobre todo, en la fortaleza y eficacia de sus instituciones.
Por más crecimiento económico que haya en un período determinado, si las instituciones del Estado no sirven, el país no saldrá del subdesarrollo.
Aquí, nuevamente, no se trata de esperar que en un par de años hayan cambiado las cosas, sino que se comience el proceso de transformación, que tiene que sostenerse en el tiempo.
A estas alturas del gobierno aprista, parece muy claro que no existe la más mínima intención de avanzar en reformas fundamentales como las del Poder Judicial, la Policía y otras.
LA POLÍTICA.
No existen partidos políticos en el Perú. El único que se parece, lejanamente, a un partido, es el Apra. Pero ni siquiera el Apra es realmente un partido. Depende enteramente de un caudillo, Alan García, y va como un rebaño donde va García.
En la década de 1990, el Apra sin García obtuvo 2% ó 3% en las elecciones. Con García quedó segundo en 2001 y ganó en 2006.
El Apra era un partido socialdemócrata. El Gobierno es de derecha. No existe nada más a la derecha que el Gobierno en el espectro político peruano. Y eso es porque Alan García lo decidió sin consultarle a nadie en el Apra, por supuesto.
Cuando ha habido protestas sociales durante este gobierno, el Apra, como partido, ha sido incapaz de enfrentarlas políticamente. Sus militantes solo existen para ocupar puestos públicos.
En otro plano, basta mirar el Congreso. Un desastre total, plagado de incompetencia y corrupción. Peor que el anterior, que a su vez era muy malo. Comparados con este, los parlamentos de 1980 a 1992 eran de lujo.
RULETA RUSA.
En estas condiciones, el futuro del Perú es imprevisible. La combinación de amplios bolsones de pobreza con inexistencia de partidos políticos es altamente explosiva.
El problema, además, no es solo de pobreza sino de inmensas desigualdades. América Latina es el continente más desigual del planeta. Y el Perú es uno de los países más desiguales de América Latina.
Eso tiene consecuencias políticas. Favorece el surgimiento de caudillos populistas y demagógicos.
Nadie sabe qué pasará en 2011. Podría ganar un sucedáneo de Hugo Chávez o de Evo Morales, que llevaría el país a la bancarrota. Al final fracasaría, pero hundiría al país en una crisis que tomaría décadas recuperar, como ha ocurrido muchas veces a lo largo de nuestra historia.
Eso no ocurre, por ejemplo, en el vecino que García promete superar, Chile. En el gobierno de Ricardo Lagos, todos sabían que el próximo triunfador de las elecciones sería de la Concertación o de la derecha (UDI-RN). Y que cualquiera que ganara, podría ser un poco mejor o un poco peor, pero no haría ningún viraje brusco.
Hoy día también se puede predecir lo mismo. Michelle Bachelet será sucedida por un gobierno de la Concertación o de la derecha, pero no ocurrirá ningún terremoto.
En suma, al Perú le va bien ahora. Si el crecimiento económico se mantiene, muchas cosas mejorarán en el país. Pero es una fantasía que el Perú esté en camino al desarrollo. No lo está. Ni siquiera podremos alcanzar la más modesta meta de superar a Chile el 2015.
Para eso se requieren reformas fundamentales que este gobierno no ha emprendido ni va a emprender.