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| Mar. 08 ene '08
César de María; Le hacen falta vitaminas
Esta es la mejor demostración de cómo la cultura dinamiza la economía. Si trasladamos eso a un barrio, por ejemplo al Fiteca, el importante festival teatral de Comas, sucede lo mismo. Veremos a padres e hijos disfrutar, quizás por primera vez, una obra de teatro. Estos pagarán entradas y gastarán en chupetes y en pollo a la brasa para celebrar, gracias al teatro, un momento familiar.
No insistiré en que se entienda a la cultura como un factor de cohesión social y, por tanto, un remedio contra el racismo, el clasismo y el desdén por lo propio. Simplemente, la defiendo como un factor económico. La cultura estimula un sentimiento grupal y genera un consumo que conviene a megaempresas y a minicomerciantes. La relación entre teatro y comercio no es negativa, y no hay que ser genio para darse cuenta de que la simbiosis entre Larcomar y el teatro La Plaza es beneficiosa para ambos.
Pero no debemos pensar solo en grande y creer que solo funcionaría poner teatros en el Jockey Plaza y en Asia, donde hay plata. Eso es lo fácil. Lo difícil es entender que la plata está en todos lados, como lo saben los grandes marketeros y los pequeños ambulantes, así como su correlato teatral, los actores callejeros.
Hay que hacer que el teatro, una actividad que difícilmente llega a muchas personas, se multiplique en cientos de puntos de venta para bien de todos: productores, artistas, público y comerciantes. Y que, de esta relación entre comercio y arte, nazca una nueva industria -la cultural- y un espíritu de integración que nos diga a todos que somos peruanos, no solo porque comemos panetón DOnofrio y tomamos Inca Kola, sino porque admiramos a los mismos actores y lloramos y reímos codo a codo, pobres y ricos, sentados en butacas contiguas, compartiendo y disfrutando el talento de nuestros artistas, tan bueno como el de muchos otros países. Pero menos querido aún de lo que merece.
*Dramaturgo
No insistiré en que se entienda a la cultura como un factor de cohesión social y, por tanto, un remedio contra el racismo, el clasismo y el desdén por lo propio. Simplemente, la defiendo como un factor económico. La cultura estimula un sentimiento grupal y genera un consumo que conviene a megaempresas y a minicomerciantes. La relación entre teatro y comercio no es negativa, y no hay que ser genio para darse cuenta de que la simbiosis entre Larcomar y el teatro La Plaza es beneficiosa para ambos.
Pero no debemos pensar solo en grande y creer que solo funcionaría poner teatros en el Jockey Plaza y en Asia, donde hay plata. Eso es lo fácil. Lo difícil es entender que la plata está en todos lados, como lo saben los grandes marketeros y los pequeños ambulantes, así como su correlato teatral, los actores callejeros.
Hay que hacer que el teatro, una actividad que difícilmente llega a muchas personas, se multiplique en cientos de puntos de venta para bien de todos: productores, artistas, público y comerciantes. Y que, de esta relación entre comercio y arte, nazca una nueva industria -la cultural- y un espíritu de integración que nos diga a todos que somos peruanos, no solo porque comemos panetón DOnofrio y tomamos Inca Kola, sino porque admiramos a los mismos actores y lloramos y reímos codo a codo, pobres y ricos, sentados en butacas contiguas, compartiendo y disfrutando el talento de nuestros artistas, tan bueno como el de muchos otros países. Pero menos querido aún de lo que merece.
*Dramaturgo
