4Los ecos del célebre Mayo del 68 aún se escuchan, aunque en otra frecuencia.
4Movimiento social se inició con las protestas contra la Guerra de Vietnam.
Un tiempo de ruptura, de transgresión, en medio de un escenario de aparente bienestar. Una revuelta que a los jóvenes les salió del alma, del forro, más que de los catecismos ideológicos. Un hipo que, a pesar de los años, sigue presente, y acaso agazapado, en los pliegues de la feliz insatisfacción del hombre moderno. Mayo del 68 pasó, pero no se fue.
¿Qué ocurrió en ese mes mágico parisino que no ha vuelto a ocurrir, al menos con la misma fuerza, en los años posteriores? Algo no solo político sino también cultural, social, artístico, sexual. Algo muy humano y poco repetible. Al prenderse la mecha en Nanterre, se liberaron una serie de fuerzas e ilusiones adormecidas, estalló la imaginación.
La gente, sobre todo joven, protestaba entonces por la Guerra de Vietnam, una aventura bélica que causaba masacres de espanto. Ese mismo año, por ejemplo (marzo de 1968), se produjo la matanza de My Lai, una carnicería que les costó la vida a no menos de 500 vietnamitas civiles. Cualquier parecido con el Irak de hoy no es ruda coincidencia.
El origen de la revuelta parisina, incluso, se debió en parte al arresto inicial de seis estudiantes involucrados en las protestas contra esa guerra que asolaba el Asia. En el magma de las protestas, sin embargo, había otras demandas más carnales: una de ellas era no prohibir que los estudiantes hombres ingresaran a las viviendas de las mujeres.
Se trataba, entonces, de una rebelión con brotes de sensualidad, libertaria e irreverente, pero que, curiosamente, estaba también acompañada por las figuras de Marx, del 'Che' Guevara y de Mao Tse Tung. Un mix que, por lo menos en el caso de este último, resultaba paradójico pues eran los tiempos aciagos de la Revolución Cultural.
Lo que ocurría en París, además, parecía la onda expansiva mayor de una suerte de sismo social que sacudía todo el planeta. Y no solo para hacer temblar las venas del capitalismo industrial y establecido. En la entonces Checoslovaquia, por citar el caso más emblemático, se vivían tiempos agitados luego de que Alexander Dubcek tratara de zafarse de la órbita soviética.
Y en México, para mirar hacia el 'barrio' más cercano, las protestas estudiantiles hacían tambalear las afanosas Olimpiadas que el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz organizaba. A diferencia de lo ocurrido en París, en Praga y, sobre todo, en México, las protestas fueron ahogadas con violencia. La contestación juvenil, en el Distrito Federal, fue pagada con sangre.
Lo que parecía haber brotado, desde el fondo atormentado pero vital de varias sociedades, era una gran ola de rechazo al autoritarismo de toda laya: el de la potencia extranjera que procuraba imponerse (la URSS, en Checoslovaquia), el de unas autoridades universitarias demasiado rígidas, el de otra potencia que promovía una guerra insensata.
Y, esencialmente, era una sacada de lengua a un sistema que amamantaba con objetos de consumo a sus hijos, pero les castraba la creatividad. Por eso, las paredes de París hablaron: "Prohibido prohibir", "sed realistas, pedid lo imposible", "gozad sin trabas", "la poesía, a partir de ahora, está en la calle". La juventud procuraba dibujar sus esperanzas.
Sintomática, aunque explicablemente, los partidos oficiales de izquierda dudaron en involucrarse y, según algunos testimonios, tuvieron que ver luego con el fin de las protestas. No podía ser de otra manera porque -desvaríos más, desvaríos menos- era una revolución de la gente, una marea de transformación que no aguantaba 'líneas correctas'.
Cuarenta años después, existe la tentación -levantada sobre todo por el actual presidente Nicolás Sarkozy en su campaña- de echarle concreto a ese episodio. Pero las palabras del presente difícilmente pueden apagar un latido que, aunque pasado, dejó una herencia perdurable y que, solo Dios y la historia lo saben, podría resurgir en cualquier momento.
A Mayo del 68 -y al 68 en general- le debemos, en cierto modo, la mayor irrupción de las mujeres en la escena política, el reconocimiento posterior de las minorías, la mayor libertad sexual, el sueño, aunque sea tenue, de que es posible construir una sociedad más inclusiva y menos estúpida. Como ha dicho Edgar Morin, sigue siendo un electroshock.
O, como también apuntó Alan Touraine, "supuso poner vino nuevo en odres viejos". ¿Queda algo de ese impulso? Parecería que no, pero el movimiento llamado 'altermundista', con todas sus contradicciones y extravíos, se me presenta como un heredero lejano de esos días turbulentos. Tiene una impronta algo similar.
Cuando esos muchachos, o no tan muchachos, dicen "otro mundo es posible", recogen un poco del aura del 68. Podemos decir que son teatrales, sin rumbo, descaminados. Pero, de alguna manera, expresan un descontento del alma y del cuerpo. ¿O hay alguien que piense, con sinceridad, que estamos en un mundo perfecto, que no merece ser sacudido para nada?